martes, 23 de junio de 2009

Cap. 2 Excursion (1a parte)

Tristán.

El viento helado le golpeo en la cara.

Caminaba por las solitarias y frías calles en busca de alimento.

Apretó los puños dentro de los bolsillos de su abrigo oscuro largo y elegante, incluso para salir a esa hora siempre vestía bien. Era lo único que le diferenciaba de un vagabundo o de un maleante; su elegante y refinado aspecto, no deseaba llamar negativamente la atención.

Si te tomabas unos segundos para observar su aspecto seguramente te encontrarías irremediablemente fascinado con la belleza que su rostro de piel pálida y bellos rasgos te provocaba, era inevitable. Había sido descrito como un hombre de gran belleza y carisma alguna vez, y después de su muerte esas virtudes se habían multiplicado infinita mente, su pelo de rizos largos y castaños con reflejos rubios como si tomara el sol y este lo hubiera decolorado, o tal vez pensarías que lo cuidaba con un buen estilista. No podía cambiarle el aspecto nunca, así que solo cambiaba de vez en cuando el estilo de peinarse, en general solo lo dejaba así suelto cayéndole en el rostro.
Podía ser extraño al correr de los años en que las modas en los hombres cambiaban, pero en esta década más ambigua los estilos andróginos estaban otra vez de vuelta.

Su belleza había sido útil a los largo de los largos e interminables años, pero en un principio había sido usada para viles propósitos. Propósitos que le habían atormentado en los años que sucedieron después a esa época oscura.
Como cada vez que pensaba en ello, algo le carcomía dentro y le provocaba un amargo sabor en la boca. No se suponía que pudiera tener esos sentimientos, no tenia alma, ni palpitar en el pecho.

Era un mito, una sombra, un producto de las peores pesadillas...



Pero por alguna razón que aun no entendía, no podría morir, ni siquiera dormir. Un simple placer como dormir y descansar su mente de tanto cansancio le estaba vedado.

Paseo una vez mas los ojos adaptados para ver en la más densa oscuridad, las tenues luces a esa hora de la noche, se metió a un bar de mediana categoría que estaba abierto casi todos los días de la semana hasta bastante tarde.

Se metió y pidió un trago.

Se sentó en la barra de madera pulida y observo su reflejo en el espejo frente a él, y al mismo tiempo pudo ver a través del reflejo a una chica que se levantaba de su silla, con los ojos llenos de pesar. Su soledad la estaba matando, y esta noche no había conseguido a nadie con quien irse a casa.
Disimulada mente tomo su trago que para todo caso era como beber agua, insatisfactorio y sin sabor alguno.

Pago y salió detrás de ella.

Caminaba cansada de su existencia, su frustración era inmensa. Se sintió identificado con ella instantáneamente, era la historia de su vida, cada día por los últimos tres siglos.
Sus pasos vacilantes la llevaron hasta donde había aparcado, se ajusto el abrigo pues el viento soplaba con fuerza anunciando el final del otoño, pero en ese frío lugar eso no ayudaba mucho.
Busco las llaves en su bolsa de mano y le vio venir. El farol encendido en la calle ilumino su rostro y una sonrisa se dibujo en los labios femeninos.
Sintió un escalofrío pero sus ojos le decían lo contrario, la presencia de alguien como él no podía ser peligrosa.
Pudo ver su mente, se imagino pasando sus dedos delgados y finos por los sedosos rizos que adornaban el bello rostro dándole un aspecto algo salvaje pero endemoniada mente atractivo, se relamió los labios cuando vislumbro su sonrisa que tenia como propósito distraerla.

- Hola guapo- Saludo.
- Hola- Correspondió y el timbre de su profunda y varonil voz le envió un estremecimiento. Todas sus fantasías hechas realidad- ¿Puedo invitarte algo? Aun no deseo ir a casa.
- Yo podría invitarte lo que desees en mi casa- Dijo en tono sugerente.
- Después de que tomemos algo por aquí vamos a tu casa si gustas- Sugirió inclinando su rostro hacia ella, ya que la tuvo a unos centímetros de su rostro. La impresión que sintió era conocida, tan familiar, tan acostumbrada.
- Encantada de ir contigo a donde desees- musito ya bajo el influjo de su encanto

Sin decir una palabra mas le miro profundamente a los ojos para inducirla en un trance profundo. La llevo al callejón a unos pasos de ahí donde la oscuridad los cubriera. Y lamió su cuello preparándola para que no sufriera por lo que estaba a punto de hacer.
Tembló de placer en sus brazos, su cuerpo esbelto y frágil tenía un dulce perfume de excitación y rosas.
Ladeo su cabeza y lamió su cuello una vez más, antes de hundir- los afilados colmillos que habían salido de sus fundas- en la palpitante vena de la garganta.
El líquido salado y caliente salió a borbotones directamente a su garganta, dándole alivio, quitándole el dolor del cuerpo y entibiando la helada piel. Bebió despacio, la sed se calmaba mejor si no apuraba su trago.
Paro cuando fue suficiente para el sin lastimarla, tan solo tomaba un poco cada vez para no terminar con la vida de su donador nocturno. Volvió a lamer y la ponzoña de su boca sello la herida, dejo de salir la sangre casi instantáneamente.
Durante todo el proceso había manipulado su mente para que la experiencia no resultara aterradora para ella, el palpitar de su corazón le tranquilizaba y le hacia sentir vivo. Lo menos que podía hacer era hacer realidad sus más salvajes fantasías. Y esa noche ella deseaba un amante excepcional, uno que la hiciera sentir amada, deseada y profundamente satisfecha.
Y eso seria lo que recordaría al otro día, una salvaje noche de sexo ardiente, con el hombre más bello que jamás había visto nunca en su vida.

Al menos eso podría llevarse de él por haberle alimentado, y él… él solo se llevaba el alivio temporal de su sed eterna y volvía una vez más a casa. A la quietud y a la soledad de su mansión. Donde no podía dormir ni descansar, ni compartir su vida con nadie.
Se sentó en el borde de su cama de adorno, y miro su fabulosa mansión, se sintió desolado una vez más.

Había buscado compañía por mucho tiempo, o al menos alguien que le ayudara a morir de una vez por todas sin lograr ni uno ni lo otro. Ya que no podía terminar con su propia existencia, su instinto de supervivencia no se podía eludir.
Su vida era un infierno donde no podía gritar porque nadie le escucharía, donde no existía nadie que tuviera un pensamiento para él, ya que se suponía que no existía.
Tenia que hacer algo antes de que terminara volviéndose loco.

Si no podía terminar con su vacía existencia, al menos tenia que ver que podría hacer para no vivir más en soledad.

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