sábado, 20 de junio de 2009

Cap. 1 El Angel (1a Parte)

Ella estaba ahí, sola.

Era lo más bello que jamás había visto.

Y solo un riachuelo lo separaba de su dulce y joven esencia, la deseo como no había deseado nada antes.

Sus azules ojos se posaron en ella le dejo sin aliento, tan solo tenia diez años de edad. Su grácil figura de niña se perfilaba para convertirse en una hermosa mujer. Oculto en las sombras había detenido su eterno andar.

La miro por primera vez ahí en el traspatio de su casa donde ágilmente había escalado un árbol de ciruelas dulces y rojas, se había acomodado en una rama repleta de la fruta y ávidamente engullía una tras otra permitiendo que el jugo escurriera por sus dedos y ensuciando su adorable rostro infantil, desde donde estaba podía aspirar su perfume mezclado con el dulce aroma de las ciruelas.
Nunca había tenido que contener sus instintos de aquella manera, se obligo a no abalanzarse sobre ella y probar ese irresistible y joven perfume, como el de un vino muy joven y fresco.

Entonces ella le miro fijamente, en la mortecina luz del atardecer su joven mente reflejo la presencia de un ángel, uno de ojos azules que le miraba y le sonreía ahí del otro lado del riachuelo y le devolvió la sonrisa, él no podía creer lo que podía leer en la mente de la hermosa niña de piel pálida y largos cabellos negros como sus ojos... Sus entrañas se retorcieron con el apetito y la lujuria por la sangre de aquella bella niña y sin embargo se contuvo. El no era un monstruo, al menos no cazaba humanos para vivir.
Si se acercaba a ella en ese momento jamás la vería crecer y convertirse en lo que claramente se vislumbraba en todo su pequeño ser, una hermosa mujer de poderosa y atractiva esencia. Le miro una vez más y los hoyuelos en sus mejillas sonrosadas le devolvieron un pálpito de vida a su corazón seco y petrificado.

No, el no podía cortar ese destino, debía preservar tal belleza y encanto.

Y esa fue la tarde en que su vida cambio cuando la miro por primera vez. Decidió que seria suya cuando creciera, tenia el poder de estar cerca de Diana y de velar por ella hasta que estuviera lista para conocerle y amarle, podría influenciar en ella cuanto quisiera pero no influenciaría su corazón pues deseaba que se lo entregara por voluntad propia.

Mientras tanto seria su ángel de la guarda… un oscuro ángel de hermosos ojos azules.


Había soñado con aquel par de ojos azules desde que tenía memoria.

Habían pasado ya nueve años desde que le había visto, y aunque sentía su inconfundible presencia junto a ella día y noche, aún guardaba las esperanzas de encontrarle. Nunca seria suficiente el recuerdo de ese hermoso rostro en su mente, ansiaba fervientemente que no hubiese sido una fantasía de niña.
Recostada en su cama, con mucha pereza de levantarse, cerro los ojos recordando aquella tarde cerca del riachuelo, cada milímetro de ese perfecto ser se reflejaba en su mente, su divinidad, su esencia, sus ojos. Estaba segura de que no era un humano, nadie era dueño de tal belleza y encanto.

El despertador volvió a sonar insistiendo en su molesta tarea.

Diana no se inmuto.

Siguió con sus cavilaciones, con sus pensamientos en otro mundo, en un mundo en donde ella permanecía a su lado. Cuando el reloj sonó por última vez, supo que no podía retrasar más lo inevitable. De un salto se levanto de la cama y se dirigió a la ducha. Ni el agua recorriendo su cuerpo lograba distraerla de sus recuerdos. En general, nada lo hacia.

Hacía años que vivía de esa forma, pendiente de una sombra, de un ser que a veces dudaba que existiera.
Tenia una vaga idea de como atraerlo hacía ella, sabía como llamar su atención, lo había descubierto por casualidad cuando en sus eternos escapes de la casa nueva a la que se habían mudado ella y su madre, se internaba en el bosque cerca de donde vivía.
Una vez estuvo a punto de caerse por una ladera persiguiendo una ardilla. Tenia una facilidad increíble de atraer los accidentes, esa única vez había sentido como la rama de la que colgaba hacia una caída libre de al menos treinta metros, era jalada por alguien, pero ni esa vez supo quien se había tomado la molestia de salvarle la vida sin darle tiempo de agradecérselo. Tenía trece años entonces.

Una loca teoría comenzó a rondarle la cabeza.

Ella tenía un ángel de la guarda.

Su madre siempre insistió en que existían tales seres y si ella después de tantos líos en los que se metía aun estaba intacta; era porque alguien la cuidaba y por lógica si ese alguien no era visible entonces era un ángel.

Y lo comprobó a base de perseverancia y de meterse en problemas. Pero aún cuando podía sentir su presencia, esta esencia no se materializaba, poniéndola así en el predicamento de buscar maneras más efectivas de hacerlo venir hacia ella. Pasaba horas maquinando distintas formas de meterse en problemas y poder verle. No pasaba una hora completa de su día sin que estuviera maquinando nuevas formas de obligar a su ángel a presentarse ante ella.

Se vistió apresurada con sus desgastados jeans y una blusa caliente de franela, y su eterna chaqueta, antes de bajar corriendo las escaleras hacía la puerta de salida. Troto las cinco cuadras que la separaban de la universidad, podía darse el lujo de tener un lugar propio y no compartir dormitorio en el campus. Sonrió triunfante cuando llego y vio que aún no habían tocado la primera campanada. Paro en seco en medio del pasillo y tomo aire como si fuese un nadador alistándose para dar la carrera de su vida.
Recorrió con la mirada el lugar, los alumnos corrían de un lado a otro en busca del aula indicada, los profesores renegaban con una taza de café en la mano. Con pasos tranquilos se dirigió a su clase de primera hora. Aunque trataba de pensar lo menos posible en sus preocupaciones diarias, no podía. ¿Qué forma había de crear un escándalo en clase de Literatura para conocer a su ángel guardián? Hasta el momento las posibilidades eran nulas, a no ser que deseara ser expulsada de la escuela. La idea no le disgusto demasiado, pero la quito rápido de su mente cuando recordó que su madre definitivamente si se enfadaría. Saco con brusquedad su reproductor de MP3 y se coloco los auriculares subiendo el volumen de la música lo mas alto posible.

Ignorando a todo mundo.

Pero eso no impedía que de vez en cuando las odiosas de Jennie junto a su sequito, Susan, Megan la molestaran cada que se encontraban con ella.

- Hola andrajosa- se burlo barriéndola de pies a cabeza- ¿y ese reciente modelito de donde lo sacaste? De la basura del campus seguramente, creo que lo tiraron ahí el curso pasado.

Las carcajadas de las otras dos no se hicieron esperar.

- Vaya, una podría decir que podrías realmente llegarme con algo mejor que eso Jennie, pero eso sería mucho pedir ya que parece que tu pequeño cerebro fue reciclado del laboratorio de ratas, sin ofender a las ratas, no creo que te funcione bien entre esas dos orejotas que tienes.
- ¡Como te atreves!- chillo furiosa.
- Ay mira… no tengo tiempo para tus estupideces esta mañana ¿No sienten que va a ser un día grandioso? No, no creo que puedan sentirlo debes de estar entumidas de tantas cirugías que tienen en el cuerpo ¿Qué se siente ser de plástico?- contesto con el sarcasmo salpicándoles en la cara.
- Déjame que la ponga en su lugar- se adelanto Susan, e intento ponerle una mano encima. Gran error.
- Ni se te ocurra tocarme una vez mas- le advirtió una vez que había atrapado sus dedos en su mano para doblárselos hacia atrás dolorosamente- La próxima vez me asegurare de que tu plástica nariz te salga cara de lo arruinada que quedara.

Dicho eso la soltó barriéndolas con una mirada de hastió, la tenían harta. ¿Cuándo aprenderían que ya era mujeres casi adultas? ¿Y que les hacia pensar que ella era una potencial victima? Solo porque no deseaba ser expulsada del campus no les rompía la cara a puñetazos, eso y bajarse hasta el nivel de coeficiente de ellas le impedía realmente ponerlas en su lugar.

Después del desagradable incidente se olvido de ellas y se dirigió a su primera clase.
Evitando a todo el mundo, y con la cabeza baja, entro al aula sin prestar ni la más mínima atención a sus movimientos. Estaba segura que todos sus compañeros estaban acostumbrados a sus habituales actitudes. Siempre sola, alejada de todos.

Pudo sentir que había alguien allí que la miraba fijamente, conocía esa esencia, pero no quería fiarse de sus sentidos. Estaba tan obsesionada con aquel ángel que no estaba segura si debía creer en lo que sentía, seguramente su mente le estaba jugando uno de sus tantos jueguitos. Tomo varias bocanadas de aire para tranquilizarse, mientras se dirigía con paso lento hacía la parte trasera del aula, donde habitualmente se sentaba. Sus nervios empezaban a salirse de control, podía jurar que él la estaba observando, que él se encontraba allí. “Vamos Diana, sabes que no puede ser él, jamás se muestra en público ¡No sueñes despierta!”- se reprocho en su mente. Cuando su pierna derecha golpeo, como todas las mañanas, con el pie del pupitre, dejo la mochila en el suelo, y aún distraída dio la vuelta para sentarse en su lugar.

Apenas colocó su mano sobre la mesa, algo la tocó.

Se tenso ante el tacto, no por la temperatura de este, sino porque creía que su imaginación estaba llegando muy lejos. Ella se sentaba sola, nadie quería su compañía, y de repente alguien se encontraba a su lado, y no era cualquier persona, era él. Corrió su cabello de la cara y dejo que sus ojos profundos como la noche se elevaran.

Entonces, después de nueve años, volvió a ver esos embriagadores ojos azules.

Una descarga eléctrica corrió por todo su cuerpo aturdiéndola, no podía creer lo que miraban sus ojos.El rostro masculino que se inclinaba hacia ella era de una belleza angelical, y contradictoriamente muy varonil. Una leve sonrisa juguetona bailaba en sus labios y se dio cuenta de que su boca se había quedado abierta y su respiración se había pausado, aun sin moverse un solo milímetro intento desde un rincón de su mente reaccionar, cerrar la boca y recomponerse a si misma.

- Hola. - La saludo aun sonriendo, con una voz aterciopelada como su piel pálida.

Los ojos azules brillaban de una manera familiar, los había imaginado un millón de veces y aun así se había quedado corta. Las espesas pestañas y la sonrisa amistosa dentro del varonil marco de su rostro completaban el sueño ahora perfecto.

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